NINGÚN “NUEVO PACTO SOCIAL” CON LAS ELITES: ¡SOMOS PUEBLO EN PIE DE LUCHA!

Coyuntura Política

I

Durante los últimos meses, los pueblos de Ecuador y Chile han estado en el centro de la coyuntura política latinoamericana e incluso –por qué no decirlo- del mundo entero. No es menor: en ambos casos la pax burguesa ha sido interrumpida -casi sin aviso- por un mar de voluntades que como una fuerza telúrica ha sacudido los cimientos mismos del orden burgués. Un “paquete” de reformas, de aquellos que tanto conocemos en América Latina, fue el detonante -en el caso ecuatoriano- para que una amplia mayoría de pueblos indígenas, apoyados por la clase trabajadora urbana y estudiantes, se dispusieron a luchar para frenar en seco la avanzada capitalista e imperialista en su país. En Chile, en cambio, las décadas de expoliación y abuso estallaron con tal magnitud, que la fuerza y energía popular -vuelta protesta y lucha callejera- aún no mengua, pese a la violencia policial-militar y la política de persecución y represión selectiva. Las razones de fondo de ambas rebeliones son las mismas: las miserables condiciones de vida que el régimen capitalista impone a la clase trabajadora en cada rincón del mundo donde posa sus garras.


II


Pero lo extraordinario del fenómeno no significa -necesariamente- que sea inédito. Lo vimos en el “caracazo” de 1989 y en el “argentinazo” del 2001 (entre muchos ejemplos más). Los pueblos, llenos de broncas, agotados de las mentiras y los engaños de los conciliadores de clase y los representantes del capital, volcados furiosos sobre las calles peleando por una vida mejor para el aquí y el ahora, son una imagen recurrente en el mundo contemporáneo. La violencia social no es más que una respuesta obvia a la violencia política que significa vivir sumidos en la explotación y la pobreza, en medio de países ricos en recursos de los cuales se sirven las burguesías locales e internacionales. La violencia popular y de masas es el hecho material más concreto que da cuenta de que los estrechos caminos deslindados por las insípidas democracias burguesas no nos llevan a ningún lado.

En medio de la rebelión y la revuelta popular, las formas de auto-organización de base y clase se multiplican. Es el “reflejo” de una clase trabajadora que, en tiempos de crisis y lucha frontal, azuzada por la represión y la muerte, se dispone a agruparse en formas antagónicas y autónomas al poder burgués. Es la idea de poder revolucionario, aún difusa y en medio de los escombros y la bruma, la que muestra parcialmente su rostro. Allí precisamente, el embrión de la nueva sociedad: sin esclavitud ni sometimiento alguno (social o de clase) de personas sobre personas. Es claro que las luchas parciales arrancan, por medio de la fuerza, ciertas ganadas al poder enemigo, y por ello hay que darlas, pero no olvidemos que no terminan nunca por resolver lo esencial: la cuestión del poder.


III


Sobre los cimientos de los tambaleantes regímenes burgueses no tardan en aparecer las “salidas democráticas” que venden, a los pueblos agobiados y ávidos por mejores condiciones de vida, proyectos que se supone resolverán, al corto y/o mediano plazo, todos los problemas que el capitalismo produce, pero sin tocar al propio capitalismo. A veces son simples y llanos populistas de “izquierda” o derecha (como los Kirchner u Ossandón), a veces “progresistas” (como B. Sánchez o J. Mujica) o los mismos abyectos reformistas de ayer (como G. Tellier o D. Jadue) quienes empujan hacia abajo los procesos de organización protagonizados por el pueblo trabajador, para canalizarlos -cómo no- hacia la institucionalidad y sus siempre constreñidos límites. A veces cargan, estos personajes, con un “paquete” de reformas (como los Kirchner o Lula-Dilma), otras tantas con la consigna de una “Asamblea Constituyente” (como R. Correa en Ecuador o el Frente Amplio-PS-PC-PPD en Chile) que promete cambiar algunas cosas, entregando ciertas concesiones por supuesto, para así renovar el “pacto social” entre clase explotadora y explotada; entre opresores y oprimidos. Pero el problema no es la existencia de charlatanes o vendedores de humo. El problema no es que la burguesía tenga múltiples rostros y colores, siempre fue así y así seguirá siendo. El asunto de fondo está en nosotros y nosotras: la clase trabajadora y los sectores oprimidos, que no terminamos por asumir el problema del poder y, por ende, de la revolución, sucumbiendo -muchos y muchas- a los “manjares” que ofrece una burguesía temerosa de que el pueblo en lucha termine por arrancar todo el poder y la riqueza desde sus propias manos.

 

IV

 


Pero el problema de la revolución no es un problema teórico; es, por el contrario, el más práctico y concreto de los problemas que debemos enfrentar los pueblos trabajadores. Se trata, precisamente, de resolver el cómo se articula la energía transformadora de las rebeliones y revueltas, en la perspectiva de la organización del poder revolucionario. De allí deriva, justamente, una de las principales claves del asunto: la organización revolucionaria o la construcción de partido revolucionario.

En efecto, el partido revolucionario no es una idea abstracta o un conjunto de individuos extrañados respecto a la realidad de la clase trabajadora. Por el contrario. Quienes nos organizamos en la perspectiva de la revolución, expresamos muchos (o casi todos) de los límites que el propio movimiento de masas, fundamentalmente la clase trabajadora y el pueblo, posee para sí. Entonces, la situación es una suerte de círculo vicioso: si la clase trabajadora está débil, en términos de organización y consciencia, también lo estamos los sectores revolucionarios; si los sectores revolucionarios tenemos una débil influencia y un bajo crecimiento cualitativo, la clase trabajadora y el pueblo también. ¿Pero cómo se rompe esa lógica maldita? Pues, mediante la acción. La acción, la práctica o la praxis revolucionaria, es la manera por medio de la cual las condiciones subjetivas van cambiando progresivamente o incluso a saltos (dependiendo de las coyunturas y situaciones particulares). Y es así: las “capillas ideológicas”, tan abundantes en nuestro continente, no sirven absolutamente de nada; la acción política, fundada sobre la base de un horizonte comunista, es la que va abriendo los caminos de la revolución. Ni más ni menos.


V

Hoy, en medio de un Chile en llamas, vivimos y observamos todo aquello puesto en juego. El pueblo -desbordado en lucha y voluntad- se abre paso de frente al fuego de los organismos represivos del Estado, logrando descollar nuevas formas de organización y de lucha que representan -actualmente- el mayor salto cualitativo que nuestro pueblo haya dado durante las últimas tres décadas. Ni el terror ni la violencia disminuyen ese impulso; por el contrario, lo alimentan en rabia y la convicción de que las causas justas sólo pueden encontrarse con una muralla represiva erigida por los propios dueños del poder y la riqueza.


Las tareas de los sectores revolucionarios, frente a este histórico escenario, se muestran titánicas pero ineludibles: (a) frente a las salidas que el reformismo y la socialdemocracia impulsa: un “nuevo pacto” entre las propias elites; trabajar por desenmascarar sus intenciones, mostrar sus límites y ofrecer alternativas prácticas que nos permitan desarrollar y cualificar aún más la fuerza del movimiento popular; (b) frente a la represión y la persecución, enfrentar, denunciar, organizar el auto-cuidado de quienes hoy luchan en cada rincón de esta región; (c) sobre la base de la fuerza desplegada y disposición de lucha mostrada, coadyuvar a organizar autónomamente a la clase trabajadora y el pueblo, constituir fuerza social revolucionaria en medio de la acción y la lucha, resguardando la independencia de clase frente a quienes intentan “hermanarnos” con los mismos que nos han disparado por años y décadas, quienes han vivido de nuestro trabajo y esfuerzo diario.

Las tareas de poder aún se ven lejanas, pero ciertamente mucho menos que antes. Como clase revolucionaria, hemos avanzado en días lo que en décadas no pudimos. Hoy debemos bregar con toda nuestra energía, para cimentar -a largo plazo- el camino del poder revolucionario, organizando los medios necesarios, construyendo la fuerza y apuntando claramente hacia el enemigo del planeta, la vida y la humanidad. Porque no vamos a conciliar con los enemigos de clase ni con el capital:

 


¡A multiplicar las Asambleas Populares,
a organizar la fuerza revolucionaria del pueblo trabajador!

¡LUCHANDO AVANZA EL PUEBLO!

Izquierda Guevarista de Chile
03 – 11 – 2019

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