PLACER Y EL FIN DEL GÉNERO

Feminismo Voces Militantes

Por Demian Kollontai

Militante de Izquierda Guevarista de Chile

DOCUMENTO EN PDF

Si antes de salir de la casa en la mañana me miro al espejo, es imposible evitar un lento y agonizado deslice de mi vista desde mi pecho hacia mis caderas. Quizás me aprieto el pecho, para reducir su tamaño. Quizás me giro unos 45° hacia la izquierda, para dar la ilusión de caderas menos anchas. Una cintura menos marcada. Un cuerpo más acorde al cuerpo que quiero. “Quiero” es una palabra engañosa en este contexto – ni yo tengo claro si “quiero” con banalidad, si “deseo” con anhelo, si “necesito” con desesperación. Imposible decir si lo que siento en ese momento es deseo o necesidad, placer o malestar. Esta experiencia es comúnmente llamada “disforia” por la comunidad trans y también por la institucionalidad médica, y se refiere en muy grandes rasgos a un sentimiento de incongruencia entre el cuerpo real y el cuerpo ideal en relación a características “de género” (es decir, tocadas y transformadas por el sistema sexo-género en el imaginario colectivo, como lo son el pecho y las caderas, pero también el pene y la vulva), asociado con un malestar subjetivo de la persona en cuestión.

Una palabra como “disforia” y la noción que ella indica no existe sin sus complicaciones, ni sin polémicas. La historia de la disforia remonta a la patologización de los cuerpos trans. “Trastorno de identidad de género” fue el primer nombre dado desde la psiquiatría a la condición de ser trans, en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disdorders, Third Edition (DSM-III) en el año 1980. En este entonces, el “trastorno de identidad de género” se categorizaba como un “desorden psicosexual” y se aplicaba sólo a niñes y adolescentes – la población adulta recibía un diagnóstico de “transexualismo”, que también era visto como desorden médico, hasta 1987 cuando se revisa el DSM-III para incorporar un nuevo diagnóstico de desorden de identidad de género en adultos. Este término se intercambia por la disforia de género en el año 2015 con la introducción de la quinta edición del DSM (DSM-V) con la intención de desestigmatizar a las personas trans, pero se sigue refiriendo al mismo concepto. Lo que puede parecer una discusión meramente lingüística en realidad va de la mano con una psiquiatrización mucho más amplia de las realidades trans – diagnosticar ser trans como una patología no es más que una herramienta para negarnos nuestra libertad en psiquiátricos, intentar de “curarnos” con tratamientos de conversión, y todos los otros greatest hits de la historia de la psiquiatría.

Al ser un término que se nos impone desde la medicina en conjunto con una medicalización y psiquiatrización de nuestros cuerpos y nuestros , resulta natural que nos cuestionemos no solo el origen del término, sino que la noción en sí. Si la disforia de género describe un malestar que nace de una incongruencia entre el cuerpo real y el cuerpo “ideal” en relación a las características de género, pues resulta evidente la pregunta – ¿que dota a estas características de un carácter “de género”? Volvamos a mis mañanas frente al espejo. Lo que miro es mi pecho, mis caderas, mi cintura. Desde una categorización patriarcal y cisnormativa (es decir, que toma como estándar a las personas cisgénero, dejando fuera lo trans y lo intersexual), estas tres características están fuertemente asociadas a como debería lucir un cuerpo femenino o masculino. Una mujer debería tener pechugas, un cintura menuda y caderas anchas; un hombre tiene un pecho plano (puede ser musculoso pero jamás puede tener pechugas1), no tiene una cintura marcada y sus caderas no son anchas. Algunas de estas características tienen una clara función reproductiva, pero más allá de eso, ninguna es esencialmente diferente de cualquier otra característica que puede aparecer en el cuerpo humano. Tener las caderas anchas o no, no hace que una persona sea fundamentalmente diferente. Si el día de mañana consigo esa anhelada cirugía, la masectomía bilateral y reconstrucción “masculinizante” de pecho, no cambia nada en mi2 salvo mi capacidad de lactar. Solo va a cambiar la percepción que otres tendrán de mi apariencia física.

Así podemos empezar a sospechar que quizás la raíz de la llamada disforia de género no está en lo psiquiátrico, sino que más bien en lo social. En contextos donde los sistemas de género no son binarios, se observa naturalmente que no existen angustias asociadas a la conformación con un género no-masculino no-feminino. En Samoa, por ejemplo, se reconoce socialmente la identidad de género de fa’afafine que se sitúa fuera de los conceptos de mujer y de hombre. Los fa’afine no presentan lo que reconoceríamos en sociedades occidentales como disforia de género, naturalmente, ya que sus cuerpos y expresiones son aceptados sin cuestionamiento. Similarmente, los muxé de México también presentan grados mucho menores de disforia, aunque depende de si viven en comunidades que aceptan mayoritariamente esta identidad o no. Esto no significa de los fa’afine o los muxé no transiten hacia un cuerpo o una expresión más deseada (eso lo hacemos todes cuando nos cortamos el pelo), solo quiere decir que lo hacen en un contexto donde no se insiste que sus cuerpos tales como son no corresponden con su identidad de género, y por ende no experimentan la misma angustia de las personas trans en contextos occidentales.

La disforia de género, entonces, tiene sus causas en el sistema binario de sexo-género, que impone un esquema de género que reduce la experiencia humana a mujeres y hombres, como dos experiencias absolutas, complementarias y únicas, cada una con su canon corporal asociado. El sistema sexo-género es una imposición que busca controlar y normar la reproducción y el trabajo, creando roles sociales a partir de características reproductivas (que, además, categoriza erróneamente en solo dos esquemas). Coercivamente, se nos asignan roles que definen nuestra vida basados en nada más que nuestros genitales (y para las personas intersexuales, la asignación puede tener menos que ver con genitales y más con la simple voluntad de un médico). Es una herramienta del patriarcado, principalmente, que ha relegado a todas las mujeres y personas gestantes a la subalternidad social y al trabajo reproductivo no remunerado. Sin embargo, el sistema binario sexo-género también está enmadrado con el colonialismo, al ser impuesto violentamente como único sistema de organización social en las colonial europeas a lo largo de varios siglos. Y, como no, es una herramienta sumamente útil para el capitalismo, ya que permite explotar a mayor grado las mujeres cisgénero y heterosexuales que quedan subalternas, y aún más a personas disidentes del sistema. Resulta entonces imperativo acabar con este sistema si lo que buscamos es la liberación total – y, precisamente, la experiencia trans disidente es de romper con este esquema en lo personal y en lo político (y lo personal-político).

Claramente, esta experiencia trans va mucho más allá de la “disforia de género”, un paradigma generado por el mismo esquema que visamos romper. De hecho, muchas personas trans jamás experimentan disforia de género, y muchas personas cisgénero experimentan disforia de otros tipos, cuando sus cuerpos rompen con la hegemonía de otras formas (por ejemplo, la gordofobia hace que muchas personas gordas experimenten disforia en relación a su gordura). ¿Que no hace trans, entonces, si no la incomodidad? ¿De que nace el deseo de transitar, de romper con ese esquema? Ciertamente, la incomodidad puede ser parte de eso, pero no es universal a la experiencia trans. ¿Quién es trans entonces? “Querer ser trans es síntoma de serlo” es una frase que se repite mucho en círculos trans. Anhelar, querer, desear. Se repiten estos conceptos, y todos apuntan al lugar del deseo y del placer. Volvamos, nuevamente, al espejo. Cuando me aplano el pecho, la sensación que experimento va mucho más allá de la ausencia de malestar. Es la presencia de placer. Respiro y me siento bien. Esto aplica también para interacciones sociales – que me digan “amigue” o “amigx” causa en mi una sensación positiva, de comodidad, no simplemente una ausencia de incomodidad. Muches describen esta euforia de género como un factor determinante en darse cuenta de su identidad de género. Si bien no todas las personas trans se definen con respecto a la euforia de género, si es un determinante común el simple placer de ser trans.

Nuestras vidas no se definen por sufrimiento, sino por el placer y la ruptura del esquema sexo-género patriarcal, capitalista, colonial. Esta redefinición es importante, no solo porque es en nuestros términos, sino que también porque apunta al mundo en el que queremos vivir, donde nadie se vea coercivamente asignade a un rol social, productivo o reproductivo, donde habitar nuestros cuerpos sea una experiencia placentera, libre de esquemas que rigen lo que constituye un cuerpo correcto. Y si la estructura del sistema sexo-género se marchita bajo los pasos de la trans disidencia, no voy a replantar sus semillas; más bien, volveré a pasar encima con zapatillas de clavos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *