Jugar con nuestros cuerpos es violencia sexual

Coyuntura Política Feminismo

Sabemos que el contexto de lucha y represión abierto por la revuelta popular de octubre sumado a la pandemia no nos afecta igual a las mujeres y disidencias. La violencia sexual como una forma más de represión no se hizo esperar y se expresó de las formas más cruentas, mientras la pandemia ha develado que las expresiones que algunos creían superadas de machismo y patriarcado en todas las esferas. Esto, sin dudas, ubica en el centro la necesidad de hablar de violencia sexual y de género en este periodo en el que nos encontramos.

La pandemia, de manera general, ha permitido visibilizar cómo la división sexual del trabajo golpea fuertemente a las mujeres y disidencias del mundo. En nuestro territorio, particularmente, al horrible manejo por parte de las autoridades, debemos agregar la crisis política en la que nos encontramos, lo que ha tenido como resultado una profundización de la crisis sanitaria. No tiene que ver con que aquí las vacunas no funcionan o que la gente sea tonta; tiene que ver con que el Gobierno y las fuerzas represivas se encuentran en una crisis de credibilidad, además de que no están dispuestos a transar lo poco que les queda de estabilidad política y económica por las vidas de los pobres.

Las repercusiones del confinamiento sí marcan diferencias de género y están a la vista: mujeres pariendo solas en los hospitales, un postnatal miserable donde quienes acaban de parir deben arreglárselas para criar, estudiar y trabajar; mujeres y personas a cargo de cuidados renunciando a sus trabajos remunerados, mujeres, disidencias y niñes sometidos al confinamiento con quienes los agreden físicamente y emocionalmente.

Como si no bastara, las repercusiones en la salud sexual y reproductiva son tan amplias y profundas que aun nadie se atreve a proyectar las consecuencias a un año plazo. Sabemos que al menos 100 gestaciones no deseadas se encuentran en curso por irresponsabilidad de fabricantes de anticonceptivos, más otras muchas que no podemos siquiera cuantificar por el no acceso a la consejería y métodos para la anticoncepción  y ni hablar del acceso a tratamientos para abortar. 

Ahora, con todo esto en la cabeza, en nuestras casas, en nuestros cuerpos, lo que pasó con la información respecto a “nuevas restricciones” en la adquisición de anticonceptivos -para quienes aún no lo saben no solo son para el control de la natalidad, sino que se realizan tratamientos médicos hormonales de distinto tipo a través de ellos-, no tiene que ver con que si se debe o no pedir una receta médica. Sí, cualquier tratamiento médico y/o farmacológico debiera estar prescrito y acompañado por un profesional que pueda brindar ese servicio, pero sabemos que en Chile eso no pasa. Sin ir más lejos, las horas para atenderse con matrones en el sistema público están reducidas y no se puede acceder a una atención con matrona con bono fonasa, la única opción es con atenciones particulares o con médicos ginecólogos. Se cruzan aquí muchos elementos dignos de tratar y profundizar en torno a la salud sexual y reproductiva que tenemos versus la que necesitamos y merecemos. 

Entonces, el hecho de que una farmacia -de las grandes cadenas internacionales- haya exigido esta receta no es solo eso, no es solo que a esa persona le negaron el tratamiento que podría llegar a tener repercusiones en su cuerpo y en su vida, sino que alerta de que nos encontramos en completa disposición de otros. Que no son cualquiera: son el Estado, el Gobierno y las farmacias, son el negocio con la salud que existe en este territorio, con sus principios éticos respecto a la vida propia del conservadurismo más duro, y con el patriarcado y el machismo como sus pilares fundamentales. 

Lo que pasó hace un par de días significa que una vez más, como mujeres y disidencias, que de una “nueva forma” nos damos cuenta que si hoy las farmacias deciden no vendernos los anticonceptivos no sabemos qué pasaría con nuestras decisiones, con nuestros tratamientos, con nuestros ciclos, con nuestros cuerpos y con nuestras vidas. 

Ante la vorágine en las redes sociales por esta información, incluso se llegó a especular que tenía algo que ver con la noticia que días antes había salido en los diarios nacionales donde se versaba que la tasa de natalidad había disminuido durante la pandemia. Y claro, resulta quizás un poco exagerado para algunos pero quién puede negarle a un cuerpo potencialmente gestante vivir con ese temor. Vivimos con esa condición y es así. No es un invento que las mujeres sientan o lleguen a pensar que la baja de natalidad y las grandes farmacias pueden aliarse para que las gestaciones aumenten en número. No es una locura, no es paranoia, es lo que han hecho con nuestros cuerpos. 

El eterno juego y apuesta con los cuerpos femeninos y disidentes debe acabar. Estas expresiones son las formas más macabras de poder sobre nosotres. Solo nos recuerda que las mujeres, disidencias y niñes estamos por debajo, que somos parte de una estructura de poder donde no calificamos; nuestros derechos, cuerpos y vidas no son importantes y, peor aún, son objetos a disposición. 

Con un Estado y un Gobierno que no tienen la capacidad de darle condiciones mínimas de humanidad a las personas que paren, que no pueden prolongar un mísero postnatal, para quienes no cuenta la niñez y que no son capaces de asumir la responsabilidad de gestaciones no deseadas, queremos afirmar que urge levantar con fuerza la organización de mujeres y disidencias. Porque recuperar el saber y autonomía de nuestros cuerpos se ha vuelto algo no solo necesario sino que urgente.

 

¡A recuperar la autonomía y el (re) conocimiento de nuestros cuerpos! 

¡Basta de abusos por parte del Estado, de jugar con nuestros cuerpos y de decidir por nosotres! 

¡A levantar espacios seguros,  autónomos y de clase, para las mujeres y las disidencias sexuales!

¡Mujeres y disidencias contra el Estado patriarcal!

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