REVUELTA POPULAR Y LUCHA DE CLASES: apuntes sobre la coyuntura política y el porvenir del movimiento popular.

Coyuntura Política
Es una certeza evidente que la Revuelta Popular, desde octubre 2019 hasta la fecha, ha cambiado la historia de este territorio para siempre. La extensión, masividad y radicalidad de la lucha popular son lo más significativo de este nuevo ciclo político.
El “consenso” de la clase dominante, su hegemonía política e ideológica, sostenida en complicidad por la mayoría de los agentes del sistema, se venía rompiendo hace ya más de una década. Sectores de trabajadorxs de diferentes áreas productivas, estudiantes y profesorado, mujeres feministas, disidencias sexuales y, con mayor profundidad y fuerza, el Pueblo Nación Mapuche, todxs veníamos golpeando duramente al régimen capitalista, su Estado y “modelo” de acumulación y explotación de clase. Todo esto sin conseguir nada por parte de los gendarmes del poder burgués, pero acrecentando -en cada gran lucha- nuestra experiencia, conciencia y capacidad organizativa. Es por ello, que el actual proceso político no presenta nada de “espontáneo”, muy por el contrario, es el corolario de años de múltiples y diversas luchas protagonizadas por un movimiento de masas que no ha encontrado respuestas dentro del sistema político -dominado por los grandes grupos económicos-, ni en los proyectos llamados progresistas o reformistas (sobre todo Frente Amplio y PC), que han aparecido vendiendo la ilusión de que es posible reformar el capitalismo, volviéndolo “amable” y “humano” hasta el punto en que se pueda transformar la fisonomía de la explotación y la miseria que produce día a día. Por cierto, la ilusión del reformismo, acompañado por su siempre abyecto pacifismo simbólico cayó, junto a toda la “élite política” y el bloque político en el poder hasta el suelo en este presente ciclo.
De allí en más, frente a la incontenible e inagotable rabia desatada por el pueblo trabajador, el régimen político, sus estructuras de dominación y sus agentes de contención y coacción política, no tuvieron más opción -con el beneplácito de los grandes grupos económicos- que entregar concesiones al naciente movimiento popular. Básicamente: cambiar algunas cosas (superficiales) para no cambiar nada (de fondo); defender el dominio de la clase capitalista accediendo a la transformación parcial del sistema de explotación y dominación; entregar parte de sus privilegios para mantener intactos el fundamento mismo del capitalismo y, con ello, la totalidad de su poder y gran parte de sus suculentas e infinitas ganancias. El llamado “Pacto por la Paz” fue -y sigue siendo- la representación más nítida de aquella necesidad imperiosa por mostrar una “salida” a la crisis, pero sin que ello signifique perder el dominio y el control hegemónico del poder en todos sus niveles. Acudieron raudos (cómo no) al llamado de la burguesía todos aquellos sectores que históricamente se han constituido apenas como una oposición moderada a los dueños del poder y la riqueza. Comieron, sin vergüenza alguna, las migajas que el poder les sirvió bajo la promesa de ser parte de la nueva élite política, el partido del orden, el bloque político en el poder subordinado al bloque dominante controlado por la burguesía local y el imperialismo. Los pueblos trabajadores y el pueblo pobre no perdonamos ni perdonaremos jamás a quienes se sirvieron de la movilización popular para asegurar su existencia y permanencia en el oprobioso sistema capitalista y su democracia burguesa, capitalista, patriarcal, racista y colonialista que aplasta, segrega, margina y explota a la inmensa mayoría de quienes sobrevivimos en este rincón del mundo.
No nos hacemos ilusión alguna frente al itinerario electoral diseñado en el contexto del llamado “proceso constituyente”. Los límites de la democracia burguesa, para los pueblos expoliados, son en extremo claros: no habrá transformación profunda en las formas y condiciones de vida para los pueblos trabajadores y dominados, sino en la medida en que el movimiento popular empuje la lucha -decidida y radicalmente- contra el capitalismo, el patriarcado y el Estado colonial que oprime los pueblos originarios.
Frente al escenario de movilización popular y un marzo que se abre con toda fuerza, como organización política revolucionaria, declaramos:
a) El proceso constituyente es la herramienta y el medio por excelencia -en este contexto- que el sistema capitalista posee para salvar la grave situación que tiene a la clase dominante en medio de la peor crisis que haya sacudido al Chile post-dictadura. Tenemos total claridad que el entierro de la vieja Constitución es producto de la lucha popular; no negamos ni desconocemos que una parte importante de la población aspira a ver sepultado uno de los resabios más significativos de la dictadura cívico-militar. Sin embargo, debemos plantear de manera categórica que ni el proceso constituyente ni la nueva Constitución Política de la República dará respuesta a las legítimas aspiraciones que los pueblos chileno, mapuche y grupos sociales oprimidos y explotados por el Estado nación chileno esperan ver cumplidas en lo inmediato. Es más, las condiciones mismas del “pacto” (tantos explícitas como -sobre todo- tácitas) han sido diseñadas de tal forma que los intereses y privilegios de clase -de los dueños del poder y la riqueza- no sean tocados más allá de la superficialidad. Es por ello que los partidos políticos del régimen -en su mayoría-, no aspiran a ajustar la naturaleza misma de los acuerdos, sino solo algunos elementos que les permitan asegurar una participación particularmente ventajosa para sus propios y mezquinos intereses en el proceso mismo. La clase trabajadora y los pueblos alzados en rebeldía no firmamos ni firmaremos jamás ningún acuerdo con quienes tienen sus manos manchadas con la sangre de nuestrxs hermanxs de clase. No reconocemos ni reconoceremos ningún nuevo pacto de dominación como “legítimo” o “democrático”.
b) A contrapelo de las “mayorías” sociales y políticas, debemos sostener con claridad que no existen asambleas constituyentes “democráticas”, “populares”, “libres” y/o “soberanas”. Exceptuando, por supuesto, cuando son los pueblos mismos -una vez desalojada la clase dominante y destruida su maquinaria de opresión y represión- las que asumen la organización de una nueva sociedad libre y emancipada. La democracia, por tanto, solo es posible mediante el triunfo revolucionario o en medio de la construcción de un poder popular y revolucionario, autónomo y antagónico respecto al Estado y toda forma de explotación, opresión y dominación social, política o económica. En cualquier caso, el asunto nos remite indefectiblemente al problema de la revolución, la liberación y el poder de clase, cuestión que no está en el centro de la coyuntura inmediata. Sobre la base del problema estratégico anterior, en el campo más bien de lo táctico, debemos agregar también que la iniciativa política (signada por el pacto interburgués y canalizado a través del proceso constituyente) se encuentra mayormente del lado de la clase dominante y sus agentes políticos, sobre todo aquellos sectores que configuran la totalidad del “partido del orden” (precisamente las fuerzas partidarias tras el “Acuerdo de Paz”).
La cancha del proceso constituyente ya fue rayada, los jugadores serán -más o menos- los mismos de siempre y las reglas están dictadas de tal forma que el proceso, en lo esencial, no sea otra cosa que un show mediático que nos entregará una reformulación parcial que barrerá solo con los aspectos más grotescos del modelo, pero en ningún caso con el modelo mismo, menos aún el sistema que le da sentido y fundamento. Dicho en simple: será una gran reforma a la actual Constitución, más no la creación de una nueva -diferente, opuesta- Carta Magna.
c) Bien sabemos que el pueblo en su mayoría se volcará a las urnas con la ilusión de un nuevo y mejor vivir. Tanto (y sobre todo) en el plebiscito como en las elecciones de los constituyentes y también en su posterior ratificación. De hecho, de seguro la participación en el plebiscito escalará un 15% o 20% en relación a la última elección presidencial, operando -la masividad en la participación- como una suerte de aliciente ratificador para quienes sostienen que el “acuerdo” es la “única salida posible” a la crisis. No nos opondremos a esa voluntad, sabemos que es un esfuerzo inútil, aunque sí trabajaremos (y trabajamos) por instalar y extender la necesaria actitud crítica que debemos tener frente a la democracia burguesa y sus diferentes argucias y artimañas, las que siempre son utilizadas en función de retener el poder y, mediante ello, la dominación de clase. El camino de la organización y la movilización popular es el único que nos permitirá ir asentando la fuerza necesaria para derribar a la barbarie que arrasa con la humanidad y todas las formas de vida que habitan en el planeta. Las concesiones parciales se irán consiguiendo mediante la lucha frontal y radical contra el régimen, y la profundidad de ellas está en directa relación con la fuerza popular ofensiva desplegada.
d) Por tanto, como organización política revolucionaria, no participaremos de ningún modo en las campañas electorales hoy enfrentadas. No nos representan ni los grupos ultra- reaccionarios y fascistas aglutinados en el “rechazo” ni las fuerzas del sistema (ex Nueva Mayoría y Frente Amplio, ambos conglomerados semi destruidos por sus propias contradicciones) que buscan salvar el régimen que les da de comer y los encumbra hasta la cima de los privilegios de clase. Nadie más que los pueblos organizados y movilizados pueden representarse a sí mismos. La verdadera oposición está en las calles, mientras en el parlamento solo hay simples títeres del sistema. Entendemos y destacamos que de fondo -para el régimen- está en juego su re- legitimación y con ello su continuidad histórica como sistema (en medio de una crisis profunda y estructural), mientras que para nuestros pueblos está en juego la profundización y extensión del movimiento popular y la lucha de clases.
f) Nuestro esfuerzo táctico y estratégico seguirá volcado en lo que consideramos lo más importante y central en medio de esta coyuntura, ciclo político y nuevo período de lucha de clases: el fortalecimiento de la organización popular, clasista y autónoma, y la movilización radical de masas ofensiva y confrontacional. En nuestra perspectiva, lo más importante de este nuevo y agudo ciclo de lucha no se juega en los estrechos pasillos de la institucionalidad burguesa. Muy por el contrario: lo central está dado por el salto cualitativo, en términos prácticos y subjetivos, de la consciencia de la clase trabajadora, principalmente del pueblo pobre y grupos sociales oprimidos por el Estado, el capital y el patriarcado.
g) Por otro lado, vale la pena destacar que lo más visible de la Revuelta Popular viene dado por la ruptura del “monopolio” de la violencia en manos del Estado. En efecto, uno de los aspectos centrales de la conservación del poder en manos de la clase dominante está dado por el reconocimiento y la aceptación explícita por parte de la sociedad de que el uso de la violencia, como dispositivo material de poder, solo puede ser “legítimamente” utilizado por el Estado. Profundizamos el argumento y sus implicaciones:
– Un primer aspecto de la ruptura, respecto al dominio ideológico en este caso, se produce como efecto de un profundo agotamiento de las formas pacíficas e institucionales de lucha (electorales, ante todo), las cuales -luego de más de una década- no mostraban avance significativo en materia de consecución de objetivos sectoriales o gremiales, pese a las grandes cantidades de personas movilizadas (millones en varias ocasiones: 2011, 2012, 2015, 2018, 2019) y el apoyo social mayoritario por parte el pueblo trabajador.
– La segunda ruptura, que profundiza la anterior, se da por un fenómeno que muestra -dialécticamente- dos aspectos a la vez: por un lado, la acción represiva desatada por el gobierno, por medio de las Fuerzas Armadas y (principalmente) Carabineros, combinada con la nula respuesta política a las demandas más sentidas (materiales) impulsadas por los pueblos en rebeldía, produce un “desacoplamiento ideológico” (se termina de consolidar un proceso ya en curso, más bien) por parte del pueblo hacia las élites en su conjunto. La respuesta ante la brutal y desmedida represión (acompañada por una soberbia burguesa indescriptible) tuvo como resultado la (re)apropiación del ejercicio de la violencia política y su reconocimiento -a la vez- como políticamente legítima en la medida que es utilizada como medio para resistir, frenar y/o revertir el despliegue ofensivo por parte de los organismos represivos del Estado. Los excesos y la impunidad institucional, sumado a los miles de presxs y heridxs, junto a las decenas de muertes y centenares de abusos sexuales y violaciones, solo han servido para que los sectores más avanzados y decididos de los pueblos que habitan este territorio, tomen mayor conciencia respecto al carácter represivo del Estado y la complicidad de los agentes políticos en el poder. Por ende, la necesidad de hacer uso del legítimo derecho a rebelión frente a un régimen oprobioso fundado en la violencia de clase. La llamada “primera línea”, compuesta mayoritariamente por la juventud popular marginada hasta de los mecanismos formales de la explotación capitalista, es la expresión política y social más clara de que la violencia política popular es el único medio y mecanismo que los pueblos sienten poseer para poder defenderse frente a la represión estatal. Ni el poder judicial ni las policías actuarán nunca contra su propia legalidad y fundamento, es claro. Ni hablar del poder político que solo se ha dedicado a zanjar leyes que criminalizan aún más la protesta, ratificando, frente al pueblo, su compromiso con el poder dominante y contra los pueblos en rebeldía.
h) Todo este marco se da en medio de una profunda crisis de la democracia burguesa, liberal o representativa, que tiene al menos 10 años de existencia. Crisis que, por cierto, va mucho más allá de nuestras fronteras. En casi todo el mundo occidental y “moderno”, este tan importante mecanismo de dominación (contención político-electoral) viene retrocediendo como dispositivo de cooptación popular. La razón es simple y no requiere mayor análisis: al mundo contemporáneo le parece cada vez más obvio y claro que es un simple instrumento de poder diseñado para conservar los estatus que, mediante un juego electoral, en muchos lugares ha devenido en un miserable show, que opera como una suerte de sistema de “rotación” de agentes políticos que no altera en nada ni los regímenes ni el sistema económico. Aquello nos plantea, como campo revolucionario, el problema de lo “electoral” ya no como un simple problema de tipo “táctico”, como clásicamente se aborda desde el leninismo (para los marxistas) o el plataformismo (para el anarquismo), sino -por el contrario- como un problema de tipo estratégico, pues tiene que ver, a la larga, con el cómo enfrentamos los sistemas políticos -estructurados para el desmantelamiento de las demandas populares- que hoy en día están totalmente agónicos y caducos frente al ciudadano elector. En aquella línea nos inclinamos a una posición mucho más radical y crítica. Por ello, más allá de la coyuntura, nos orientamos a definir -coherentemente con una estrategia fundada en la idea de la organización de un poder revolucionario propio y antagónico al poder burgués- una política que priorice y centre sus esfuerzos en la multiplicación y fortalecimiento de los espacios populares que se direccionan en el sentido de una práctica democrática, directa y participativa, horizontal, disidente, feminista, decolonial y antirracista, opuesta -por ende- a la naturaleza misma de la democracia representativa, excluyente, elitista, de clase, racista, machista, etc. En el fondo, nos interpela respecto a la creación de comunidades libertarias autónomas, como espacios de conformación de la fuerza social revolucionaria, en el largo camino del poder revolucionario, donde -por cierto- se pueden ensayar en “caliente”, en el medio de la lucha misma, nuevas formas de vida y organización. Precisamente el buenvivir o küme mongen expresa esta perspectiva, la que justamente se viene esbozando en las asambleas territoriales y en los lof mapuche, por supuesto no libre de contradicciones ni desprovisto de debilidades. Son, dicho de otro modo, los primeros pasos de un socialismo emancipado, libertario y anti-autoritario. Pensamos, para cerrar esta idea, que ni estratégica ni tácticamente esta perspectiva revolucionaria puede ser compatible con la democracia burguesa y sus dispositivos de cooptación.
Respecto a dicha crisis (de la democracia burguesa), la que se manifiesta en lo inmediato como crisis de representación (la que se extiende a la totalidad de las “élites”). Vemos que ello no es sino el reflejo de una crisis de hegemonía devenida, durante octubre-noviembre, en crisis de dominación (la cual aún no acaba de desarrollarse totalmente). Más claro aún: es la pérdida de capacidad efectiva para mantener el sometimiento ideológico y político, pacífico o no, de todos los sectores sociales y clases subalternas al poder burgués, su sistema económico y régimen político. Todo lo anterior tiene a los partidos políticos del sistema en sus mínimos históricos, en términos de confianza y credibilidad. No es necesario extendernos en ello, es consabido por todo el mundo la corrupción que atraviesa a casi a la totalidad de las fuerzas políticas del sistema, la cual se traduce en un compromiso irrestricto con el “modelo” y sus principales beneficiarios, todo ello viene golpeando su credibilidad frente a los “votantes” y afiliados. Lo relevante de lo anterior, para esta coyuntura, es que serán precisamente esos mismos partidos y personalidades quienes acapararán la mayor parte de la representación política en la Convención Constituyente. ¿Qué podemos esperar de todos ellos?, Pues, lo mismo de siempre: la defensa incondicional de los pilares y fundamentos del sistema económico y el régimen político. Que nadie se sorprenda cuando voten en contra de los intereses de los pueblos y la clase trabajadora que habita esta región de Abya Yala, pues aquel grado de ingenuidad -a estas alturas- es casi intolerable para los sectores militantes y organizados en las filas del clasismo y la lucha revolucionaria.
i) Por último, casi a modo de una suerte de síntesis, resulta imperioso acotar que la inexistencia de un campo revolucionario importante viene significando que en los espacios de organización territorial hayan ganado mucha fuerza los sectores oportunistas y vacilantes, quienes intentando “no romper con las masas” han preferido sucumbir al canto de sirena del proceso constituyente dando argumentos y consumiendo fuerzas para su desarrollo, alojando -ni siquiera en todos los casos- en su seno apenas una tímida propuesta de “aprobar” para luego “democratizar el proceso lo más posible”. A nuestro parecer, dicha orientación resulta a lo menos limitada, pues entendemos que lo más relevante en este contexto pasa por profundizar la ofensiva popular contra el régimen, exigir la salida de Piñera (quien se juega su permanencia en el poder durante las semanas que vienen) y el procesamiento y cárcel para los asesinos, violadores y torturadores; la libertad a todxs lxs presxs políticxs de la revuelta y el fortalecimiento y multiplicación, en el ejercicio mismo de la movilización radical (organización de base y protesta), de las asambleas territoriales y trawün por todos los territorios de la región. Todo esto en aras del desarrollo de una fuerza popular y de clase que sea capaz de pasar por encima de la farsa constituyente, y arrancar la mayor cantidad de demandas posibles a los dueños del poder y la riqueza.
Tenemos confianza en la infinita energía y convicción que el pueblo trabajador, lxs pobres y marginadxs junto al Pueblo Nación Mapuche han demostrado en las calles, ciudades, pueblos y campos. Es posible luchar y vencer. Nos queda mucho por recorrer y enfrentar. No nos engañemos: sabemos que correrá mucha sangre por parte nuestra durante los meses que vienen, el enemigo es brutal y no tiene ningún reparo en usar toda la fuerza que posee para defender su sistema y régimen de explotación, dominación y opresión. Hoy, el enemigo de la humanidad y la vida, observa y se prepara desde su trinchera infame. Por nuestro lado, los pueblos trabajadores, lxs pobres, marginadxs, excluidxs y oprimidxs, hemos perdido para siempre el miedo. Ni militares ni policías detendrán el avance de un pueblo hoy henchido en valor y alimentado en rabia y ansias de victoria.

¡FUERA PIÑERA!
¡A FORTALECER Y MULTIPLICAR LAS ASAMBLEAS POPULARES Y TRAWÜN!

¡ADELANTE CON LA OFENSIVA POPULAR!


¡WEWAIÑ!
¡VIVA LA REVUELTA POPULAR!

Izquierda Guevarista de Chile
Marzo del 2020

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *